SAN ANDRÉS 2019 – UN MURO INFRANQUEABLE CONTRA EL VICIO

Mis Muy Queridos Hermanos:

Vivimos en unos momentos históricos de incerteza y tribulación manifiestos. Los dramáticos acontecimientos que se están viviendo en diversos países integrantes de este Gran Priorato producen una profunda inquietud y no pueden dejar indiferente a nadie que a sí mismo se considere cristiano.

La desconexión interesada e irresponsable entre gobernantes y los pueblos y ciudadanos a los que se deben.

Las situaciones de injusta presión socioeconómica a las que se somete a la ciudadanía por la ambición desmedida de grupos de poder absolutamente materialistas y deshumanizados, que provocan, promueven y acentúan la precariedad y la miseria en su propio beneficio, así como la reducción de los seres humanos a la condición de objeto de negocio.

El salvajismo descristianizador al tiempo que abiertamente anticristiano instrumentalizado, además, por mentalidades criminales y demagógicas que fanatizan a la gente en los aspectos más bajos de la naturaleza humana.

La violencia brutal impropia de esta época y ejercida gratuitamente y sin miramiento alguno hacia la dignidad humana…

Estos son algunos elementos integrantes de un caldo de cultivo explosivo que implica una total degradación de la dignidad de las personas a las cuales, ¿para qué respetar, si lo que importa es el dinero y el poder? Una antítesis muy siniestramente eficaz del mensaje de Cristo que, si en algo hace pensar, es en un retorno de Satanás, si es que alguna vez se había ido.

En verdad, el culto al becerro de oro que nos explica el libro del Génesis se hace presente en nuestros días, implementado por el Mal con una fuerza y un vigor dignos de mucha mejor causa.

Porque, desengañémonos, Hermanos. Todos nosotros sabemos sobradamente que está bien y que está mal. Sin que las explicaciones oficiales, versiones acomodaticias, noticias sensacionalistas y otras “fakes” interesadas o manipuladoras nos puedan mover ni un ápice de nuestra convicción y de nuestro compromiso sagrado. Por nuestra condición de Cristianos Masones, y, algunos, de Caballeros, tenemos conocimiento y bonhomía suficientes como para distinguirlos. Como sabemos sobradamente qué son las excusas.

En todas sus formas.

Y no. No nos sirve ninguna. Porque no sirve ninguna.

Y no nos dejaremos engañar.

Mal iríamos si quienes nos proclamamos soldados de Cristo no distinguimos al Redentor de Satanás.

Y sí. Nosotros los distinguimos.

Faltaría más.

Gran Maestro del Gran Priorato de Hispania

Porque nosotros, los masones cristianos, los masones rectificados, somos hombres comprometidos y consagrados y tenemos en los Evangelios de Cristo el baluarte de nuestra esperanza.

Ciertamente, la Esperanza es una de las tres Virtudes Teologales y debería (y debe) inspirar siempre, como cristianos, nuestro día a día masón y profano.

Soy de la opinión de que la desesperanza, la desesperación, además de una obvia desconexión con Dios, es una actitud egoísta que intenta dejar en manos de los demás la responsabilidad del ánimo colectivo. Una forma de vampirismo anímico, un agujero negro de la moral, ya que simplemente y digámoslo claro, la desesperación tan solo es el entusiasmo de los pesimistas.

Pero ahí estamos nosotros: frente a un mundo superficial y vacuo, materialista, deshumanizado, descristianizado, egoísta. Y profundamente desesperanzado. Porque está debilitado en su sentido de la trascendencia. Y ha sido debilitado por el maligno y sus servidores mediante la seducción del vicio.

Sí; creo que el mundo está profundamente viciado.

Pero nosotros reivindicamos en nuestra plegaria nuestra aspiración, con la ayuda del Altísimo, de constituirnos en “un muro infranqueable contra el vicio”. Es nuestra Esperanza.

Digámoslo con alegría, moderada tal vez, pero alegría. Pues me parece que, humildemente, podemos hacerlo: tras revestirnos de esta forma de elegancia moral, ¿podríamos aspirar a un ideal más digno y más noble? ¿No es tal vez, este deseo, una forma magnífica de honra del alma?

Porque, la palabra “vicio” tal vez está popularmente asociada a la idea de los vicios más materiales y/o carnales que todos tenemos en mente, pero en realidad creo que, semánticamente, el término es mucho más amplio.

“Vitium”, en latín, significa “falta”, carencia. Y me parece que es lógico entender que ésta es la oferta que nos propone siempre el anticristo, cuando el mismo se presenta como “el que niega”.

El que niega solo nos puede proponer carencias. Impulsos suicidas de separación con Dios, de saltar al vacío: tentaciones. Y lo hace en terreno abonado.

Nuestra naturaleza humana, débil y caída de origen, seguramente es presa fácil para la tentación.

Por ello, según he leído y me he informado para poder escribir estas líneas, San Gregorio Magno, Papa y Padre de la Iglesia Latina de los siglos VI y VII, cuantificó las principales vías de la tentación con las que el Maligno intenta apartarnos de Dios. Y son las vías principales, porque todas las demás dimanan de éstas. Por ello, porque son los pecados principales de los que dimanan todos los demás, les llamamos “pecados capitales”.

Sí, ya sabemos que son siete (aunque parece ser que antes de que San Gregorio los cuantificase, había opiniones diversas) y todos los aprendimos de pequeños: soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza.

Pero más allá de la idea estereotipada y/o reduccionista que todos tenemos de la lista de los pecados capitales, creo que podría ser interesante profundizar un poco en los mecanismos mediante los cuales nos afectan y tientan a todos, pues forman parte de nuestra propia naturaleza caída. Probablemente por eso los conocemos tan bien. Además, posiblemente nos identifiquemos más personalmente con alguno, o algunos de ellos en concreto, que con todos en general y en abstracto.

Serían nuestros puntos flacos, nuestros talones de Aquiles personales.

Por todo ello creo que vale la pena profundizar un poco más en su conocimiento, para, de este modo, poder defendernos mejor de las tentaciones personalizadas que cada uno de nosotros pueda padecer (y seguramente padece) en función de su propio carácter… y así, entre todos, poder construir ese “muro infranqueable” que aspiramos a ser, con mayor eficacia y solvencia.

De entrada, creo que hay que ser conscientes de que los pecados capitales se abren camino en nuestras almas, como ya sabemos, por medio de las tentaciones respectivas.

Algunos teólogos medievales, según he leído, sostenían también que cada uno de los pecados tenía además, su propio demonio encargado de “gestionarlo”. Así, asociaban la lujuria a Asmodeo, la gula a Belcebú, la avaricia a Mammón, la pereza a Belfegor, la ira a Amón, la envidia a Leviatán y la soberbia o el orgullo a Lucifer.

En todo caso, y más allá de esta curiosa asociación “nominalista” y tal vez algo “caricaturesca” para la visión actual de los pecados capitales, como decíamos, los pecados nos tientan individualmente a cada uno de nosotros por medio de nuestra propia naturaleza personal (y a veces también colectiva… o gregaria) que deja la puerta abierta de la debilidad. Y esa puerta abierta de la debilidad (o de nuestras debilidades o flaquezas humanas) muchas veces no es otra cosa que el autoengaño, una especie de “anzuelo interactivo” entre nuestra alma y el Diablo, trampa en la cual, más que “caer”, simplemente ya vivimos instalados por los hechos históricos de nuestras propias idiosincrasias. Por inercia, vaya. Porque “somos así”.

Repasémoslos un poco y veamos, según diversos estudios de algunos de los grandes conocedores del alma humana, los autoengaños implícitos en cada uno de ellos, y que tanto nos alejan de Dios.

Y espero y deseo que nadie se sienta molesto, ofendido o aludido personalmente con esta reflexión, pues no lo pretendo en modo alguno; tan solo intento hablar de la naturaleza humana… La que todos compartimos. En todo caso, vaya por delante que el primero que podría darse por plenamente aludido soy yo mismo, y así lo hago aquí, ya que colecciono flaquezas y debilidades más que nadie; y, de alguna manera, identifico personalmente en mayor o menor
medida todos los autoengaños y vicios que citaré a continuación. Errare humanum est.

Y, además, quisiera añadir que no, que no se trata en modo alguno de “reconocer deportivamente” nada, pues esa actitud pseudoelegante que llamamos “reconocer” solo se practica cara a la galería. En verdad, de lo que se trata es de aceptar humildemente la realidad. Con todo lo que ello implique; porque la aceptación (y no el “reconocimiento”), si es tal y es sincera, es un ejercicio que tiene por destinatario solamente a uno mismo. No a la audiencia. Y es, precisamente, por su autosinceridad, lo diametralmente opuesto al autoengaño.

Dicho esto, veamos cuales son los autoengaños más comunes, según diversos especialistas en el tema:

SIETE FORMAS DE APARTARNOS DE DIOS:

ORGULLO: Rivalizar con Dios. La soberbia o inmodestia deriva de un ego erróneamente colocado como centro de todas las cosas. Los orgullosos y pretenciosos aparentan más de lo que son en un escenario de experiencias teatrales e imitativas con una componente de incesante reclamo de atención. Pseudogenerosos, se dedican a acaparar y coleccionar agradecimientos que incitan al refuerzo de su sentimiento truculento egocentrista. Y en este sentido, muchas veces también son transparentes: es sabido de siempre que basta con darle una máscara a un hombre para que, sin quererlo, nos diga la verdad. La vanidad y superficialidad son dos variantes del orgullo muy habituales en esta sociedad actual, tan vana como superficial.

AVARICIA: Sustraerse a Dios. La avaricia no tan solo es la económica. El avariento, el Señor Scrooge moral, el huraño “desengañado de todo” o “qué le van a contar a él a estas alturas…”, en un ejercicio de constante desconfianza cósmica, tiende a mantener secretos sus sentimientos, autobloqueando su propia vida en un contexto general de frialdad insociable y autosuficiencia pesimista que le hace vivir de espaldas al resto del mundo: distancia con el prójimo, apatía y desapego vitales que implican, como causa y efecto, el deseo de no compartir y menos aún el de dar. Y no hablamos aquí de dinero ni de nada material; hablamos de amor. Tristemente, el avariento está seco porque la mezquindad seca el alma.

LUJURIA: Mecanizar a Dios. Más allá del deseo biológico natural, e incluso más aún, de la obsesión erótica o todavía más, del desorden sexual, hablamos del pecado de los instrumentalizadores morbosos de personas, a las que, tras reducir a la condición de cosa, tienden a poseer, criticar y humillar desde su “virtud”, siendo, en cambio, tolerantes (o mejor, cómplices) con los fallos semejantes a los suyos. Dominadores, explotadores y fanfarrones, propenden a considerar los sentimientos en general como cursis muestras de sentimentalismo ridículo. Sí, los lujuriosos son vampiros; y en los casos extremos más horribles, la lujuria sería algo así como la antesala del canibalismo, pues reduce a las personas a la simple condición de carne.

IRA: Juzgar a Dios. El “justamente indignado crónico” o “cargado de razones”, que siempre está por encima del mal… y del mal; reprocha y desaprueba indiscriminadamente desde su perfeccionismo farisaico y su “orden moral”. ¿No es terrible vivir, como lo hace este siniestro justiciero, prefiriendo siempre tener razón a ser feliz? El iracundo exige, juzga y prejuzga sin piedad, sin plantearse jamás el porqué de su “potestad innata”, que le hace creer estar con el derecho de exigir a los demás que pidan perdón sólo por ser como son, pudiendo en su intolerancia llegar a extremos racistas, sexistas y/o clasistas. Aquí cabe también la figura del rencoroso, un patético coleccionista de venganzas fantaseadas y que nunca consumará.

GULA: Trivializar a Dios. Además de los desajustes alimentarios y las adicciones en general, la avidez, la insaciabilidad frente a la vida, el vehemente deseo de conseguirlo todo y el terror a estarse perdiendo algo maravilloso en algún otro sitio, los tentados habituales de la gula, hedonistas y narcisistas autoindulgentes, rehúyen el realismo de la vida, creándose otra, alternativa, donde no hay bien ni mal ni obligaciones ni esfuerzos: basta con disfrutar. Lo más espantoso de este pecado es la frustración que supone la obsesiva pretensión de llenar desde fuera lo que tan solo es un vacío del alma que debería estar lleno desde dentro.

ENVIDIA: Desagradecer a Dios. A partir de una pobre autoimagen de origen, “incomprendida”, “humillada” y amargada, los envidiosos enfermizos son proclives a exagerar una postura de victimización a priori, refugiándose en una competencia vital con los demás, en la que siempre “sospechosamente” resultan perdedores para, así, poder seguir justificando su autocompasión crónica con la que intentan culpabilizar al resto del género humano. Valorando, como lo hacen, únicamente aquello ajeno que no poseen, olvidan siempre lo que pueden amar y el mismo hecho de ser amados, cosa ésta última que, en el fondo, no creen merecer. Lo ponen muy difícil para ser redimidos…

PEREZA: Ignorar a Dios. Tras el rechazo a ver y a pensar, tras la abulia, la resistencia a cambiar, el olvido de Dios, la autonarcotización materialista e inmediata y la búsqueda de distracciones intrascendentes, los perezosos recurren a pautas y estereotipos cómodos, que substituyen el farragoso y molesto vivir tomando decisiones y asumiendo responsabilidades y sus consecuencias. Lo peor de este pecado, considerado desde siempre la madre de todos los vicios, es hacernos caer en la antítesis de la caridad cristiana: en la indiferencia. Además, el miedo “vital”, en el fondo, también se puede entender como una manifestación de pereza amparada en una excusa que “paraliza”.

Hasta aquí, una modesta interpretación de los autoengaños motores de las terribles vías que nos alejan de Dios; todas ellas tienen algo en común: coartan nuestra libertad, limitan nuestra capacidad de amar a Dios y al prójimo libremente. Y si no nos permiten ser libres, ¿cómo vamos a ser dignos? Por ende, nos minorizan, nos hacen menos de aquello que el Creador espera de nosotros.

Pero veamos ahora por contra, las vías que sí que nos acercan, las vías para trascender y que serían las piedras de ese “muro infranqueable contra el vicio” en el que queremos constituirnos.

Las llamamos “Virtudes”.

Y, más allá de las Virtudes Teologales y Cardinales que como cristianos todos conocemos, quisiera comentar aquí las Virtudes que se contraponen a cada uno de los vicios capitales, pues, como ya he dicho, creo que es precisamente ahondando en ellas como podemos mejorar nuestra propia actitud vital y así colaborar mejor y más honestamente en la construcción de ese muro infranqueable en el que deseamos constituirnos.

Recordemos pues que siempre nos enseñaron que:

Contra la soberbia o el orgullo se debe contraponer la Humildad. Esta es una virtud que a muchos les coge “con el pie cambiado” pues la asocian a “humillación”, cuando verdaderamente sólo es aceptar la realidad de que solo somos otras criaturas de Dios más. Sin autoengaños megalomaníacos. Dicen que el verdadero iniciado es un cojo (metafórico), porque así siempre está arrodillado ante Dios. Además, y para ayudar a cambiar algo la actitud, buenos consejos para los orgullosos podrían ser los de permitir a los demás el tener iniciativas, y confiar en que los demás a lo mejor ya sienten cariño por nosotros a su manera. A lo mejor, igual no es tan importante lo que piensen los demás de uno mismo.

Contra la avaricia se debe contraponer la Generosidad, que va mucho más allá de dar una limosna ostentosa y autogratificante. Hablamos también de la capacidad de confiar y de compartir y compartirse uno mismo. Es la generosidad de espíritu, la verdadera coexistencia cristiana: ser conscientes de que todos estamos en el mismo barco creado por el Señor… con los mismos derechos y necesidades. Y sin haberlo pedido. En suma, hablamos de la capacidad de entregarse uno mismo. De confiar, que quiere decir compartir la fe. Además, y para ayudar a cambiar algo la actitud, tal vez un buen consejo para los avariciosos sea plantearse que pueden ser más felices si se abren, confían más en las personas y les participan que ellos también necesitan cosas sin tener que estar siempre a la defensiva, creyendo que les van a robar.

Contra la lujuria se debe contraponer la Discreción y la Moderación. No hablamos de abstinencia o castidad en el sentido más restrictivo, sino del control sobre obsesiones, pulsiones y pasiones. Ya no somos adolescentes. Respetémonos pues a nosotros mismos y al prójimo, que no es ni un objeto de deseo ni un instrumento de satisfacción. Reducir al prójimo a la condición de simple carne es, implícitamente, negar la existencia del alma. Y eso no es precisamente muy cristiano. Además, y para ayudar a cambiar algo la actitud, un buen consejo para los lujuriosos tal vez sea el de que comprendan que el mundo no va de usar o explotar a los demás para no ser uno mismo el utilizado y, en su lugar, que es mucho más preferible dejarse tocar la fibra sensible del alma. En suma, puestos a sentir, contraponer el sentimiento al sensualismo.

Contra la ira se debe contraponer la Paciencia. No se trata de resignación estoica, pues estamos muy lejos de ser el Santo Job bíblico, sino de conservar la calma y ser conscientes de que todos, absolutamente todos, como humanos, somos exasperantes e inaguantables muchas veces. Tal vez un buen antídoto contra la ira sea un espejo. Siempre se ha dicho que todo aquello que empieza en cólera, termina en vergüenza. Además, y para ayudar a cambiar algo la actitud, un buen consejo para los iracundos tal vez sea hacerles ver que quizás el otro podría tener razón o podría tener una idea mejor. Incluso es posible que los demás aprendan por sí mismos. Y tal vez el iracundo pueda aceptar que, a menudo, ya ha hecho todo lo que podía hacer…

Contra la gula se debe contraponer la Sobriedad, la Mesura. No hablamos de ayuno y abstinencia sino de mantener el control sobre la avidez, la ansiedad y, ¿por qué no decirlo? la adicción como un refugio frente a la realidad. La gula es un pecado contra la serenidad: es la urgencia del estómago frente a la calma y la paz del alma. Así que, y para ayudar a cambiar algo la actitud, un buen consejo para los ávidos ansiosos, tal vez sea el de hacerles ver que, a lo mejor, lo que tienen ya es suficiente. Tal vez no necesiten estar en otro sitio simultáneamente para huir de la realidad. Quizás tampoco se pierdan nada en ningún sitio (o mesa) fantaseados… Quizás solo han de buscar dentro de sí mismos.

Contra la envidia se debe contraponer la Caridad, entendida, más que como la Charitas cristiana stricto sensu, simplemente como Empatía, Entrañabilidad, Cordialidad o Amistad. En pensar en los demás en vez de pensar contra los demás, renunciando a la rivalidad y a la competición, solamente propias de hermanos celosos y no de hermanos en Cristo. Además, y para ayudar a cambiar algo la actitud, un buen consejo para los envidiosos tal vez sea el de hacerles ver que, a lo mejor, en el fondo no hay nada malo en ellos en comparación son los demás y que en realidad no necesitan compararse siempre con nadie. Posiblemente no son únicos en sentirse así y seguramente, el prójimo sí que les comprende. Nadie es tan diferente.

Y, por último, contra la pereza se debe contraponer la Diligencia. Y antes que nada, en ser conscientes de que un cristiano jamás puede ser pasivo o indiferente ante los demás. El sufrimiento nunca es ajeno pues nos implica a todos sin distinción alguna y por ende, en este mundo en el que estamos los cristianos, no hay lugar para el desentendimiento. No hay excusa posible, pues estamos en este mundo para intentar mejorarlo, no para ver “que nos pasa” desde la pasividad y la indolencia. Sí, parece que ese término acuñado recientemente de la “proactividad”, en el fondo es cristiano, porque la pasividad no lo es. Además, y para ayudar a cambiar algo la actitud, un buen consejo para los perezosos podría ser el de recordarles que tal vez sí que pueden influir, que solo necesitan darse energías y confiar en sus propias capacidades y, así, participar, en general, junto a los demás hermanos en Cristo.

No dudo que la práctica habitual, la implementación tanto individual como social de estas virtudes haría de este mundo un lugar mucho más digno de ser habitado por este género humano que es hijo de Dios, aunque algunos se obstinen en olvidarlo.

En fin, Mis Muy Queridos Hermanos, es posible que siendo conscientes de nuestras limitaciones y vicios podamos combatirlos mejor, para que ese muro infranqueable que esperamos poder formar entre todos, sea más firme y sólido.

Y si además, podemos predicar con el ejemplo, aún mejor.

Y sí. Es cierto. Hemos caído muchas veces. Pero nos levantamos. Llenos de Esperanza. Y volveremos a caer y a levantarnos tantas veces como haga falta. Porque el amor de Dios es infinito. ¿Creemos esto? ¿Lo creemos? Porque, por más que muchos se aferren sólo a las certezas, también hay quien cree que la verdad y la fuerza de la Fe residen en lo contrario: en afrontar las dudas. Y no pasa nada por ello.

Como Hijos de Dios, estoy seguro de que el Creador quiere de nosotros que vayamos hacia Él libremente. Y para que esto sea así, porque nos ama, debemos hacerlo con el máximo de dignidad posible. Lo más libres de vicios posible.
Humildemente, porque somos imperfectos y débiles; pero, al mismo tiempo, con la dignidad que confiere el esforzarnos para presentarnos ante Él, con su ayuda, de la mejor manera que humanamente podamos.

Como sus hijos que somos, no le defraudemos.

Perdonadme una verborrea tan prolija, y abiertos todos a la Esperanza, un feliz San Andrés para todos y un gran T.·.A.·.F.·.

Hecho en la Casa de la Orden, el 23 de Noviembre de 2019/706

Ferran Juste Delgado G.C.C.S.
Gran Maestro / Gran Prior
In O. eques a Constanti Patientia

Ferran Juste Delgado G.C.C.S. Gran Maestro y Gran Prior del G.P.D.H
Sello de la Cancilleria del Gran Priorato de Hispania

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