ARTÍCULO V. Beneficencia


ARTÍCULO V.

Beneficencia

I

Creado a imagen de Dios, quien se ha dignado comunicarse a los hombres y derramar sobre ellos la dicha, acércate a ese modelo infinito, por una voluntad constante de verter sin cesar sobre todos los otros hombres todo cuanto de dichoso esté en tu poder. Todo lo que el espíritu puede concebir de bueno es el patrimonio de la Masonería.

II

Contempla la penuria impotente de la infancia, que reclama tu ayuda; considera la inexperiencia funesta de la juventud, que solicita tus consejos; cifra tu felicidad en preservarla de los errores y de las seducciones que la amenazan; estimula en ellos la llama del fuego sagrado del ingenio y ayúdales a desarrollarse para la felicidad del mundo.

III

Todo ser que sufre o gime tiene derechos sagrados sobre ti, guárdate de ignorarlos: no esperes más que el grito punzante de la miseria te reclame; prevé de antemano y reconforta al infortunado tímido; no envenenes, con la ostentación de tus dones, las fuentes de agua viva donde los desventurados deben calmar su sed; no busques la recompensa de tu beneficencia en los vanos aplausos de la multitud; el Masón la encuentra en la aprobación tranquila de su conciencia y en la sonrisa fortificante de la Divinidad, bajo cuya mirada se encuentra sin cesar.

IV

Si la Providencia generosa te concede algo que te sea superfluo, guárdate de hacer de ello un uso frívolo y derrochador; Ella quiere que por iniciativa libre y espontánea de tu alma generosa, te vuelvas sensible a la distribución equitativa de bienes, que entra en sus planes; goza de esta bella prerrogativa. Que jamás la avaricia, la más sórdida de las pasiones, no envilezca tu carácter, y que tu corazón se eleve por encima de los fríos y áridos cálculos que ella sugiere. Si jamás viniera a desecar tu corazón con su soplo triste e interesado, huye de nuestros talleres de caridad, no tendrían atractivo para ti, y nosotros ya no podríamos reconocer en ti la pasada imagen de la Divinidad.

V

Que tu beneficencia sea esclarecida por la religión, la sabiduría y la prudencia; tu corazón querría abarcar las necesidades de la humanidad entera, pero tu espíritu debe escoger las más apremiantes y las más importantes. Instruye, aconseja, protege, da, alivia todo a tu alrededor; no creas jamás haber hecho bastante, y no descanses en tus obras, si no es para mostrar una renovada energía. Entregándote así a los impulsos de este apasionamiento sublime, una fuente inagotable de gozo se prepara para ti: tendrás en esta Tierra el sabor anticipado de la felicidad celeste, tu alma se engrandecerá y satisfacerás todos los instantes de tu vida.

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